Ratas en la habitación
No sé si siempre he sido más cobarde que una rata, pero jamás me atreví a matar una. Desde niño he sentido una extraña y dulce amilanación hacia ellas: en lo general no me asustan ni me dan asco.
Así, por lo absurdo de la vida conocí a Robin. Este roedor y sus dos niños me rompieron el corazón, ni bien los vi huyendo de la escoba ondeante de mi madrastra que, iracunda, intentaba reventarles el alma. Abrí la puerta de mi cuarto y con ella un cuarto de mi corazón –los tres cuartos restantes son para Noelia-.
La convivencia era buena. Lejos de intimidarnos, los cuatro –Robin, sus dos hijos y yo- nos llevábamos de las mil maravillas, quizá la única diferencia con ellos es que yo detesto el queso. Más allá de los juegos y mimos, siempre respetamos nuestras barreras: ellos tenían un rincón en mi cuarto y -para ellos- mi cama era intocable. Eran las únicas reglas.
Pero todo empezó a cambiar cuando Robin comenzó a beber. Se escapaba por las noches, se metía a las tuberías y regresaba de madrugada, ebrio e iracundo, asustaba a los pequeños y me despertaba. Las primeras veces, opté por comprender su actitud, pues era de esperarse que recuriera a algún vicio para superar la reciente muerte de su ex esposa: es un secreto a voces que mi madrastra y su escoba tendrían algo que ver con tan cruento acto de raticidio.
Hablé varias veces con Robin sobre el asunto. Él parecía escucharme, pero terminado el sermón siempre volvía a lo mismo. Planeaba ignorarlo hasta que se le quitara esa ridícula obsesión por el alcohol. Aunque hace tres noches lo noté un poco más ansioso y tímidamente violeto. Le ha dado por morder todo lo que encuentre a su paso, se trepa a las mesitas que tengo de adorno en mi cuarto. Empiezo a creer que esta consumiendo algún tipo más de drogas.
Le dije -con pena- que si volvía a portarse así, tendría que correrlo de mi cuarto irremediablemente. Lo miré serio sin vacilar, como nunca antes había mirado a nadie. Él pareció entender. Ayer, regresó a las dos de la madrugada, a puntillas y sin hacer ruido entró, me hice el dormido. Se trepó a la cama y empezó a recorrerla, desesperado. Eso fue todo. Exploté. Pedí prestada una escoba –me la prestaron casi inmediatamente- y comencé a corretearlo. Logré echarlo de mi cuarto y el corazón se me volvió a partír, cuando vi a sus niños salir detrás de su padre.
Ahora me siento culpable, me siento basura, soy una rata ¿En qué estaba pensando?, esos niños perderán todo el año lectivo. Este mes morado no les traerá turrones a ellos, ni en Navidad comerán pavo. Mi madrastra ha comenzado una cacería de brujas de ratas en contra de Robin y sus niños. La veo mañana, tarde y noche hacer guardía, en cada rincón de la casa, en cada tubería. Presiento que un día de estos los encontrará y les romperá el alma.
Quizá yo estuve mal, quizá necesiten alguien que sí cuide bien de ellos, es por eso que quiero hacer un pedido a través de este medio: Tú que estás leyendo este post, que tienes un corazón noble, no adoptes un congresista, adopta a Robín y a sus hijos. Los puedes encontrar en la Av. La Marina cdra 39, Ubr. Ramón Castilla, en el sótano, al lado del cajón de los discos de Soda Stereo.

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